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Full text of "Abdon Arozteguy 1968 La Revolucion De Las Lanzas"

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LA REVOLUCION DE LAS LAN 

ABDON AROZTEGUY 



LA REVOLUCION DE LAS LANZAS 


ABDON AROZTEGUI 




La batalla del Sauce* 


El dia 16 de diciembre de 1870, encontrándose los naciona- 
listas sitiando a Montevideo, esparcióse la noticia de que el General 
D. Gregorio Suárez, a marchas forzadas, se aproximaba a la capital 
con un numeroso ejército compuesto de las tres armas: el mismo 
ejército cuyos restos salvara en la batalla de Severino, y que descui- 
dado por sus contrarios había reorganizado aquel jefe y reforzado 
en el norte del río Negro con todos los elementos dispersos que 
pudo reunir y con los que se le incorporaron de las fuerzas del 
General Caraballo, vencidas en Corralito. Se agregaba también, que 
en combinación con la guarnición sitiada pensaban encerrar y batir 
entre dos fuegos a las tropas revolucionarias. 

El General Aparicio hacía dos o tres días que tenía conoci- 
miento del pasaje de Suárez al sur del río Negro, y relativamente 
estaba tranquilo, porque creía concienzudamente que le sería suma- 
mente fácil derrotarlo saliéndole al encuentro; volviendo después 
del triunfo con más seguridad a continuar el asedio de Montevideo. 

Así fue que el día 16, habiendo resuelto levantar el sitio para 
ir a buscar al enemigo que podía atacarlo por la retaguardia, y 
siendo como las tres o cuatro de la tarde, hizo dar orden por el 
Estado Mayor General a todos los cuerpos en servicio y a los que 
estaban francos, de reconcentrarse sobre la línea inmediatamente que 
anocheciera, con todos sus pertrechos y bagajes. 

Muchos, al recibir esta orden, pusieron en duda la aproxima- 
ción de Suárez, creyendo que fuera una estratagema para engañar 
el enemigo, y que de lo que se trataba realmente, era de llevar el 
ataque a la plaza, tantas veces anunciado y deseado con entusiasmo 
por todos. 

Pero una vez reconcentradas en orden de ataque todas las fuer- 
zas sitiadoras sobre las trincheras enemigas, y a eso de las ocho de 
la noche, recibióse contraorden de marcha hacia la villa de la Unión; 
y así como la orden primera fue recibida con júbilo indescriptible, 
la contraorden se recibió con un desaliento inmenso por los cuerpos, 
pues entonces se disiparon completamente las esperanzas que se 
habían albergado en la creencia de que se había resuelto llevar el 
ataque serio a la plaza. 

El Gobierno, que sin demostraciones bélicas de ninguna especie 
lo había esperado también, revivió parece al notar esta evolución 
contraria y empezó, recién entonces, a cañonear a los revolucionarios 
por la retaguardia; pero éstos sin preocuparse continuaron su marcha 
tranquilamente, pasando por la Unión, hasta llegar a Toledo, donde 
acamparon esa noche sin ninguna otra novedad. 

¡Qué sorpresa y aflicción produjo esta retirada inesperada a 
las numerosas y distinguidas familias que se encontraban residiendo 
en la Unión desde el principio del sitio y que esperaban entusias- 
madas la entrada triunfal de los nacionalistas a la capital de la 
República! ¡Qué despedidas más enteroecedoras! ¡Cuántos abrazos 
y cuántas lágrimas se derramaron en aquella noche inolvidable! 
Hubo muchas personas que no se resignaron a quedar abandonadas 
según ellas, y siguieron en carruaje al ejército por varios días, 
siendo inmenso el desaliento y disgusto que produjo la marcha entre 
aquellas familias cuya suerte dependía del éxito de la revolución. 


(•) Capítulo XI de "La Revolución Oriental de 1870", Tomo I, Buenos Aires. 
Editor Feliz Lajouane, 1889. 


El mismo día de la retirada de la Unión, embarcáronse para 
Buenos Aires los señores Federico Nin Reyes, Juan José Herrera, 
Carlos Ambrosio Lerena y otros amigos, con el propósito de trabajar 
desde allá por la causa nacionalista. 

Los días 17, 18 y 19 caminaron constantemente los revolucio- 
narios, aunque en marchas lentas y parándose a cada momento a 
causa de los muchos heridos que conducían; campando la noche del 
último día en el Solís Chico, en cuyo punto hubo de tomar una 
diligencia de D. Antonio Díaz, que hacía la carrera para Rocha, 
con el objeto de colocar con mayor Comodidad algunos de aquellos 
heridos más graves, que no había suficientes carruajes para con- 
ducirlos. 

El día 20 siguió marcha precipitadamente el ejército Hacia el 
arroyo de Solís Grande, por haber tenido conocimiento por algunos 
bomberos tomados al enemigo y por sus propios bomberos, de que 
el enemigo se encontraba en aquel paraje. La vanguardia al mando 
del General Muniz, que marchaba adelante fue la primera que se 
avistó con la vanguardia del ejército de Suárez, mandada por el 
General Borges, que estaba campado al lado del paso real de dicho 
arroyo: el grueso del ejército se encontraba retirado como media 
legua del referido paso. 

A todo galope se precipitó la vanguardia del General Muniz 
sobre los enemigos, pero éstos, que se componían de fuerzas ligeras, 
montan a caballo a medio ensillar y precipitadamente vadean el 
arroyo, dejando en el campamento infinidad de recados y armas, y 
las reses con cueros que acababan de carnear para comer. Una vez 
del otro lado del arroyo, se detiene Borges — y como el ejército de 
Suárez se aproximaba al paso, detiénese también sin avanzar el 
General Muniz hasta recibir órdenes del General en Jefe. 

Una hora después, y siendo como las tres de la tarde, llega el 
General Aparicio con sus tropas a inmediaciones del mencionado 
paso real, donde tendió su línea de batalla ¡mediatamente e hizo 
escopetear con la vanguardia al enemigo, que también había ten- 
dido línea del otro lado del arroyo y que sostenía decididamente, 
no sólo el paso reai, sino también dos pasos más que existen en 
aquel punto. Pero llegando la noche enseguida y no pudiendo abrir 
operaciones por el momento debido a la posición de su contrario, 
retiróse el ejército revolucionario para elegir buen sitio y campar, 
como así lo hizo, próximo al paraje donde había tendido su línea, 
prometiéndose operar al día siguiente de una manera decisiva; 
dejando establecida una gran vigilancia sobre los puntos sostenidos 
por la gente de Suárez. 

Ai otro día, muy temprano, el ejército gubernista retrocedió 
como una legua yendo a ocupar una posición inexpugnable en las 
sierras de Minas, tendiendo su línea de batalla sobre la falda de los 
Cerros de Betel, quedando siempre su vanguardia defendiendo el 
paso real de Solís Grande. Pero los revolucionarios avanzaron audaz- 
mente sobre el mencionado paso real y consiguieron tomarlo va- 
deando el arroyo todo el ejército después que fue desocupado aquel 
punto por el General Borges, que se retiró, a trote y galope hasta 
incorporarse a los suyos. 

En seguida avanzaron las tropas nacionalistas divididas en dos 
columnas paralelas, con el propósito firme de llevar el ataque al 
enemigo; pero al ver que era imposible hacerlo por las condiciones 
en que se había colocado, pues tenía a su frente unos cañadones 
barrancosos, inaccesibles para las caballerías, se mandó hacer alto 
por un momento, entrando luego a evolucionar amenazando cargas 
por los flancos y concitándolo al combate, disponiendo también 
hacerle algunos disparos de cañón sobre el costado izquierdo, todo 


lo cual fue inútil, pues el ejército del Gobierno no se movió de 
sus posiciones y se conformó con desplegar algunas guerrillas a los 
costados y contestar con su artillería los fuegos que se le hacían. 

En vista de esto, y prestándose admirablemente el terreno por 
su posición topográfica para sitiar allí al General Suárez, así lo 
dispuso el General Aparicio, resolviendo tender su línea en este 
orden: al centro algunas caballerías, la artillería y la infantería; al 
costado derecho las caballerías del General Benítez, un batallón de 
infantería y dos piezas de artillería, y al costado izquierdo las caba- 
llerías de los Generales Medina y Muniz; mandando además una 
fuerza de caballería e infantería para que se colocase a retaguardia 
del enemigo, en una abra o boquerón de la sierra, único punto por 
el cual éste, aunque con grandes dificultades, podría evadirse. 

El día 22 por la mañana, teniendo conocimiento el General 
Aparicio que Suárez iba a recibir por la vía marítima un refuerzo 
de gente que le enviaba el gobierno de Montevideo, mandó al 
General Muniz con su vanguardia y el batallón de Estomba para 
que trátase de impedir el desembarque de esas fuerzas, el cual se 
intentó verificar por el puerto del Inglés, en las costas del Océano 
Atlántico que bañan las riberas del departamento de Maldonado. 

Este refuerzo se embarcó en Montevideo el día 20 en los 
vapores Coquimbo, Oriental, Rayo y Montevideo, y se componía de 
los batallones 1 ? de Cazadores, Urbano, 24 de Abril y la compañía 
de Steffanelli y de un escuadrón de caballería, llevando consigo 
municiones, armas y vestuarios. El jefe de la expedición era el bravo 
Coronel Pagóla, y su plan primero era desembarcar en el puerto de 
Maldonado, en la creencia de que Suárez dominaba aquella zona, 
pero cambió de opinión al tener conocimiento que los revoluciona- 
rios lo habían encerrado en las sierras de Minas, resolviendo enton- 
ces hacerlo por el puerto del Inglés, que queda más próximo a las 
mencionadas sierras. 

Pero con tanta rapidez y acierto procedió el General Muniz, 
que no se animaron a desembarcar los expedicionarios, no obstante 
haber intentado hacerlo guerrillándose breves momentos con los 
revolucionarios; concluyendo al fin por retirarse y regresar a Mon- 
tevideo sin realizar la operación que proyectaban. 

Todo el día 22, conservándose los dos ejércitos en sus mismas 
posiciones, sin animarse el General Suárez a avanzar ni poder reti- 
rarse por la retaguardia, y sin poder atacar ni pensar en ello, el 
ejército revolucionario; no ocurriendo otras novedades por ambas 
partes que pequeñas guerrillas en que se hicieron mutuamente algu- 
nos muertos y heridos. 

Todo inducía a creer que las cosas continuarían en este estado 
hasta que Suárez no tuviese más remedio que capitular; pero a la 
noche cambió completamente de aspecto la situación, evadiéndose 
con pertrechos y bagages todo el ejército sitiado, de la manera más 
inusitada, sin forzar las líneas y no encontrando más que una débil 
resistencia, porque apenas se hizo sentir al practicar su movimiento 
de retirada. 

Es verdad que la línea de los revolucionarios se había debili- 
tado algo, particularmente por el costado izquierdo por donde 
escapó el enemigo debido al envío de las fuerzas a las costa de 
Maldonado, y que esta circunstancia, como se demuestra en las dos 
cartas y dos partes oficiales de Suárez que publicamos más adelante, 
fue lo que éste tuvo en vista para llevar a cabo su audaz empresa; 
pero como quiera que sea preciso es reconocer que hubo una indo- 
lencia y un abandono completo por parte del General Aparicio en 
la consumación de este hecho, y que si no hubiera sido por su 
excesiva confianza, que tan fatal fue siempre para la revolución 



del 70, jamás lo hubiera realizado su enemigo, pues no obstante las 
seguridades de que hace alarde en los documentos referidos, la revo- 
lución contaba todavía con fuerzas y elementos de sobra para 
haberlo rechazado. 

Si no hubiera sido así, a pesar de las recomendaciones que 
dice el General Suárez tenía del Presidente de la República para 
no comprometer una batalla sin haber recibido los refuerzos que 
esperaba, la hubiera librado seguramente, como eran sus más 
ardientes deseos, antes que ir a encerrarse de motu propio en un 
punto de donde sólo la gran suerte y la ciega confianza del adver- 
sario lo pudo haber sacado ileso. 

Este hecho desgraciado, que había de ser aciago a la causa 
nacionalista, carece de disculpa ni atenuación bastante para salvar 
la responsabilidad del jefe sitiador, cuyo descuido, negligencia o 
como quiera llamarse, no sólo le impidió el haberse apoderado del 
ejército de Suárez en el cual había entrado la desmoralización, sino 
que permitiéndole a éste sacar intactas sus fuerzas, que nadie per- 
siguió, pudo acercarse a Montevideo, recibir refuerzos de todo 
género y librar luego con inmensas ventajas de su parte el combate 
del Sauce que dio por tierra con los triunfos que hasta entonces 
había obtenido la revolución. 

Serían las 10 u 11 de la noche. El General Suárez pone en 
movimiento todas sus tropas, haciendo marchar el grueso de ellas 
sobre el costado izquierdo de Aparicio, por la falda misma de las 
sierras. Al mismo tiempo manda algunas ligeras divisiones de caba- 
llería a llamar la atención sobre el costado derecho y un extremo 
del centro del ejército sitiador, en cuyos puntos se produce un 
fuerte tiroteo con las avanzadas de los revolucionarios. 

Creyeron éstos en el primer momento que se trataba de alguna 
sorpresa a sus guardias avanzadas, lo cual se había intentado por el 
mismo costado en la noche anterior, así fue que no se le dio gran 
importancia a la operación y volvió en seguida la tranquilidad a 
los ánimos un momento alterados. 

Mientras tanto el General Suárez avanzaba y seguía avanzando 
sin dificultad hasta encontrarse con el extremo del costado izquierdo 
de la línea de los sitiadores y entonces las caballerías que había des- 
prendido cesaban de hacer fuego y corrían a todo galope a buscar 
la incorporación del ejército gubernista, como lo verificaron sin 
tropiezo. 

Al llegar a la extremidad izquierda de las fuerzas de Aparicio, 
fueron descubiertos por el escuadrón del Coronel Pintos Baes, que 
estaba de servicio, el cual los hostilizó vivamente rompiendo un 
nutrido fuego y enviando un chasque a su jefe el General Medina, 
avisándole lo que ocurría, cuya noticia elevó éste inmediatamente 
a conocimiento del General en jefe. 

Y Suárez continuaba marchando hasta trasponer completamente 
las líneas y ios fuegos se apagaban completamente, llegando los 
chasques al cuartel General trayendo la noticia primero "que el 
enemigo intentaba escaparse”, después "que se escapaba", y, por 
último, "que se había escapado”. 

Mientras tanto, ¿qué había hecho, qué hacía el General Apa- 
ricio? ¿Qué era lo que opinaba, qué contestación daba a estas comu- 
nicaciones? Nada hizo; parece imposible, pero ninguna disposición 
tomó, y, según dicen, no quiso creer tampoco en aquellos partes, 
diciendo que era el miedo que los hacía ver visiones. 

Esta extraña conducta, como no podía ser por menos, produjo 
en sus filas un gran descontento: máxime cuando acababa de levan- 
tarse el sitio de Montevideo por una imprevisión análoga, y también 
por las mismas imprevisiones, hijas todas de una confianza exa- 



gerada, no se habían aprovechado, como debieron aprovecharse, los 
espléndidos triunfos de Severino y Corralito. Al otro día, cuando 
todos se convencieron de la evasión de Suárez, el disgusto y la tris- 
teza se veían marcadas en todos los semblantes. 

Fue tal la sorpresa que produjo en todo el ejército la fuga del 
contrario, que muchos tuvieron la necesidad de palpar la realidad 
trasportándose hasta donde había estado su campamento. Debido a 
esta circunstancia y al estupor que le causó el hecho al mismo 
General Aparicio, y no, como dice el General Suárez, porque hu- 
biera sufrido nada ese ejército en la noche anterior, en que apenas 
tendría dos o tres bajas en las guerrillas que hubieron; fue que 
recién empezó la persecución a las 9 de la mañana, saliendo de 
vanguardia la división de Ferrer y el escuadrón del Comandante 
Gervasio Burgueño, que emprendieron la marcha al trote y galope 
siguiendo el rastro de los enemigos, tomando en el camino una 
infinidad de infantes italianos enganchados que quedaban rezagados 
y varias carretas que habían abandonado aquéllos en su precipitada 
fuga, llegando hasta el pueblo de Pando, donde guerrillaron a una 
partida que se encontraba en las orillas del pueblo y que huyó al 
aproximarse las fuerzas nacionalistas, dejando en el campo un 
Capitán y un soldado muertos. El ejército marchó también todo el 
día a paso largo y trote, alcanzando casi al anochecer a la costa de 
Pando, en cuyo paraje resolvió acampar para dar descanso a la 
gente y entrar en operaciones al día siguiente sobre el ejército de 
Suárez, que había llegado esa tarde y estaba acampado tranquila- 
mente en el circo de Maroñas, a una legua de Montevideo. 

El día 24 mantuviéronse los dos ejércitos más o menos en las 
mismas posiciones; guerrillándose únicamente sus vanguardias por 
la altura de Toledo y recibiendo ambos incorporaciones y refuerzos. 

Al revolucionario se le incorporaron las fuerzas del General 
Muniz que volvían de haber cumplido su comisión en Maldonado, 
y otras divisiones que andaban licenciadas por sus departamentos y 
habían recibido orden en esos días de incorporarse al ejército inme- 
diatamente. Y el ejército gubernista recibió en su campamento de 
Maroñas el refuerzo tan esperado de la expedición que intentara 
desembarcar por el puerto del Inglés, y otras fuerzas más, consis- 
tiendo todo en 800 infantes, 500 caballos y 2 piezas de artillería. 

Véase cómo apreciaba El Siglo la venida del ejército de Suárez 
a las puertas de Montevideo; apreciaciones que corroboran lo que 
hemos dicho en el capítulo anterior respecto a las dudas que se 
tenían de la existencia del referido ejército y el desaliento en que 
se encontraban las fuerzas de Batlle en la capital. El artículo es del 
Dr. D. José Pedro Ramírez. 


DOS FASES DE LA RETIRADA DE NUESTRO EJERCITO 

"El ejército ha venido a Maroñas y está acampado en el circo de 
las carreras Nacionales. 

"Este hecho tiene dos significados. 

"Es favorable y es una victoria, en cuanto ha venido a demostrar 
que existía un ejército en campaña compuesto de más de 3.000 hom- 
bres, y fuerte por su organización personal y militar, cosa que no se 
creía por el enemigo, y que se dudaba hasta por nuestros mismos corre- 
ligionarios. 

"Quien dude de lo que decimos, puede dar un paseo hasta el Circo 
y quedará convencido. 

"Por otra parte, ese ejército reconcentrado a la Capital, aleja la 
posibilidad de un sitio, y con mucha más razón, de un triunfo decisivo 
por parte del enemigo. 


"En este país, dados sus elementos de población y de riqueza, no 
hay medio de hacer triunfar un movimiento revolucionario por popular 
que sea, contra el más desprestigiado de los gobiernos, desde que el 
espíritu de partido agrupe a su alrededor diez o doce mil hombres de 
fuerzas regulares, bien armados, bien pagos y vestidos. 

"En este sentido, la aproximación del ejército a la capital es un 
hecho halagüeño que puede tener gran importancia para fijar las opi- 
niones vacilantes, robustecer la confianza pública y desalentar al enemigo. 

"Pero no sucede lo mismo si se toma en consideración, que esos 
mismos resultados se habrían obtenido sin los inconvenientes que ense- 
guida apuntaremos, si el ejército no hubiera pasado la línea de Pando, 
donde pudo hacerse fuerte durante las horas que serían necesarias para 
llevar hasta aquel punto los refuerzos que se habían pedido. 

"Nadie se explica por qué el ejército ha venido hasta Maroñas, 
forzando una marcha demasiado violenta, cuando el ejército venía falto 
de sueño, postrado de cansancio, y habría preferido contener a balazos 
al enemigo si se hubiera aproximado, a continuar aquella marcha vio- 
lentísima. 

"Según los datos que hemos tomado del propio campamento de 
Maroñas, el enemigo no ha presentado en línea de batalla más de 3.500 
hombres, y de esos había separado 800 ó 1.000 que envió al puerto 
del Inglés para impedir el desembarque de los batallones que debían 
incorporarse por aquel punto. 

"Debía suponerse, pues, que no venía todo el ejército enemigo, y 
aún cuando viniese, en posiciones convenientes podía esperársele y con- 
tenerlo como lo hizo en los cerros de Betel. Tanto mejor si el enemigo 
se presentaba, porque entonces una vez recibido los refuerzos, se le 
podía obligar a dar batalla. 

"En su lugar, se ha venido hasta Maroñas, acabando de postrar las 
caballadas, dando lugar para que el enemigo explote ese hecho en su 
favor, y ocupando un campo que dejaron asolado los enemigos durante 
su permanencia en el sitio de esta plaza. 

"Conceptuamos, pues, un grave error el que se ha cometido, y 
creemos que debe subsanarse en lo que es posible todavía, haciendo 
que ese ejército se mueva sin pérdida de tiempo y tome altura donde 
haya buenos pastos y aguadas para abrir en seguida operaciones activas 
y eficaces sobre el enemigo. 

"Una vez más en este caso, nos hacemos eco de versiones popu- 
lares que el simple buen sentido indica y que una recta observación 
confirma, sin pretender, por eso, convertirnos en mariscales, como vul- 
garmente se dice. 

"En la guerra como en todas materias, hay cosas que están al alcan- 
ce de todo el mundo aunque no se tengan conocimientos especiales; y 
el hecho de la retirada del ejército hasta Maroñas se encuentra en ese 
caso. 

"Persuadidos de que la censura justa y moderada, aun tratándose 
de operaciones de guerra, produce saludables resultados, no podemos 
menos que consagrar estas observaciones a un hecho que ha merecido 
general reprobación”. 

Léanse ahora las cartas y partes que hemos ofrecido; en las 
cuales como se verá, a pesar de darse más triunfos y augurarse otros, 
se contradicen en los hechos, consignando así la veracidad de nuestro 
relato: 


PRIMERA CARTA 
"Señor D. José P. Ramírez. 

"Estimado compatriota y amigo: 

"Llegado del ejército en comisión, y siendo mi permanencia muy 
corta, me es imposible tener el placer de hacerle una visita en nombre 
de su hermano Carlos María, quien me pidió lo noticiase de la buena 
salud de él, Octavio y D. Julio. 

"Confiado en su indulgencia, creo que me perdonará esta falta, 
que compensaré trasmitiéndole las últimas noticias del ejército. Desde 


ayer a la tarde nuestra vanguardia se escopeteaba con la del enemigo, 
que seguido del grueso de su ejército, desde las tres de la tarde per- 
manecía tendido en batalla del otro lado del arroyo Solís Grande. 

"Hasta mi salida de ayer (5 de la tarde) nuestra vanguardia com- 
puesta de 1.200 hombres de bien dispuesta caballería y el batallón 
«Sosa» sostenía bizarramente su puesto sin que al enemigo le fuera 
dado avanzar sobre el paso real de Solís, y dos más adyacentes que 
existen al frente de nuestra línea. El General Suárez me encargó ase- 
gurar al Gobierno que defendería aquella posición hasta la incorporación 
del contingente que en estos momentos se embarca para tomar pane 
en la batalla que irremediablemente tendrá lugar mañana o pasado. 

"Con las fuerzas que mañana quedarán agregadas al ejército, su 
número pasará de 4.000 hombres. 

"El espíritu de nuestro ejército es inmejorable, entusiasta y lleno 
de decisión. Podemos todos confiar en el buen éxito de la batalla. 

"Nuestra artillería es poderosa y bien servida. Puedo garantirle 
que maniobrará con éxito en el campo de batalla, pues todo el ejército 
confía en el efecto de los 12 cañones que la componen. 

"Concluyo doctor por anunciarle que muy pronto tendrá buenas 
noticias de nosotros, pues todo nos asegura un espléndido triunfo. 

"Lo saluda su compatriota y amigo. 

Enrique Pereda". 

Diciembre 21 de 1870. 


PARTE OFICIAL 

"Campamento al pie de los Cerros de Betel, Diciembre de 1870. 
"Exmo. Sr. Ministro de Guerra y Marina, Coronel D. Trifón Ordóñez. 

Sr. Ministro: 

"Tuve el honor de recibir la carta de V.E. fecha 20 del corriente 
y por ella conocimiento del desencuentro acaecido en la operación que 
debió hacerse por el puerto de Maldonado. Más tarde y con más calma 
explicaré a V.E. las causas que obstaron a ello. 

"Desgraciadamente no pudo tampoco realizarse aquella operación 
por el puerto del Inglés, tengo parte que los vapores han llegado, pero 
me ha sido imposibel ir a proteger el desembarque de las infanterías, 
porque el enemigo se ha interpuesto entre el ejército y el puerto. 

"Debiendo garantir el éxito de una batalla, creí más conveniente 
venir ayer a ocupar una brillante posición al pie de los Cerros de 
Betel, formando una línea circular inexpugnable. El enemigo avanzó 
entonces con todo el aparato de un ataque decisivo, pero se detuvo 
ante la seguridad de la derrota, reduciéndose a correr sus fuerzas de 
uno a otro costado, para tratar de hacerme mover la línea y flanquearme 
enseguida. 

"En el día de ayer se hicieron de parte a parte muchos disparos 
de cañón, obligando nuestros fuegos a callar los del enemigo. Las gue- 
rrillas de infantería han sido continuas ayer y hoy, pero sin resultado 
de importancia. 

"Hoy por la mañana el enemigo empezó a correr sus fuerzas sobre 
nuestra izquierda, y enseguida desprendió hacia el puerto del Inglés 
una columna de 1.000 hombres; el resto de su ejército ha quedado a 
nuestro frente, pero en posiciones ventajosas. 

"Decidido a no aventurar una batalla sin la seguridad del triunfo, 
como lo ha recomendado S.E. el señor Presidente de la República, no 
he querido llevar el ataque y comprometer el combate; pero aprovecho 
él debilitamiento de la línea enemiga para efectuar en la noche una 
operación que me pondrá en contacto con la capitaL 

"Seré feliz en ello, y puede ordenar V.E. que vuelvan los vapores. 

"Al aproximarme no descuidaré mandar aviso a V.E. Ahora sólo 
me resta agregar que la decisión y el entusiasmo del ejército han jus- 
tificado mis esfuerzos. 

"Dios guarde a V.E. muchos años. 


José G. Suárez". 


SEGUNDA CARTA 


"Sr. Dr. D. José P. Ramírez. 


"Cerros de Betel, Diciembre 22 de 1870. 

"Querido amigo: 

"Quiero ser el primero en referir al Director de El Siglo para 
que lo trasmita por boletín a numerosos lectores, las operaciones de 
estos últimos días. 

"El 20 el enemigo se redujo a avanzar hasta el paso real de Solís 
retirándose por la noche. 

"En la mañana del 21 retrocedimos una legua y vinimos a ocupar 
la falda de los Cerros de Betel tomando una posición inexpugnable. 

"A la espalda de la sierra que defendía también nuestra derecha 
y a la izquierda dos añadas barrancosas, pedregosas, llenas de mato- 
rrales espinosos. 

"A la retaguardia nos queda una abra donde echamos nuestras 
caballadas y por donde podemos recoger ganado. 

"La vanguardia quedó defendiendo el paso y lo sostuvo hasta 
las 12, hora en que el enemigo avanzó en masa y con audacia. 

"Entonces la vanguardia vino a ocupar la derecha. 

"La compañía del batallón «Sosa», y las divisiones de Giménez, 
Llanes, Tabares, Milán e Irigoyen; en el centro bajo las órdenes de 
Suárez y Reyes, la artillería y los batallones «1 ? de G.G. N.N.», «Pache- 
co», «Urbano», «Paysandú», «1er. Plantel» y «San José» con la caba- 
llería de Tacuarembó y Durazno bajo las órdenes de Simón Martínez. 

"A la izquierda bajo el mando de Coronado, el Batallón «Santa 
Rosa» y la Guardia Nacional del pueblo del Salto. 

"Así que el enemigo vadeó el paso se dividió en dos columnas 
y venía simultáneamente amagando los dos flancos, pero se detuvo 
fuera de tiro de cañón, haciendo echar pie a tierra y encendiendo fuego 
para churrasquear. Poco después llevó sus cañones a nuestro costado 
izquierdo, aprovechando un cerco para encubrirse y empezó a hacernos 
fuego desde una población cercana oculta entre los árboles; nos tomaba 
mal y pudo causarnos daño, pero en 50 tiros sólo nos mató cuatro 
hombres. 

"Rodríguez llevó dos piezas al costado izquierdo e hizo callar los 
fuegos enemigos. Coronado los hostilizaba con guerrillas de caballería 
e infantería. En estas andanzas se pasó una hora y media. 

"Más tarde formaron su infantería al centro y parecía que hacían 
converger allí todos sus fuegos. Esperamos sin disparar un tiro, pero 
se detuvieron. 

"Todo quedó tranquilo a excepción de las guerrillas que continua- 
ban en los dos costados, pero sin audacia por pane de los blancos. 

"A eso de las 5 hicimos unos disparos de cañón y los obligamos 
a retirarse. En la noche Coronado hizo correr una guardia que habla 
quedado en la población desde donde le hicieron fuego. Se corrió y se 
durmió homeopáticamente. 

"Hoy por la mañana los blancos empezaron a moverse hacia la 
izquierda y desprendieron 1.000 hombres hacia el pueno del Inglés 
desde donde hacían señales los vapores. 

"El resto de las fuerzas quedó repartido a nuestros frentes. 

"El enemigo no ha presentado muchas fuerzas; los que más le 
calculan no llegan hasta el número de 3.500. 

"Sin embargo, decididos los Generales a no arriesgar batalla sin 
recibir refuerzos, hemos permanecido quietos y esta noche aprovecha- 
remos el debilitamiento de la línea enemiga para atropellar y dirigirnos 
a Montevideo. 

"Creo que no pueden hacernos nada y que la operación será feliz. 

"Ha llegado Manduca Carabajal con 80 hombres. 

"Lo saluda su amigo. 


N.N.". 


"Solís Chico, Diciembre 23. 

"Abro esta carta después de haber realizado con toda felicidad la 
operación que le anunciaba. 

"En toda la noche y al toque de retreta, el ejército se puso en 
movimiento orillando la Sierra por nuestro costado derecho, mientras 
el valiente Coronado escopeteaba al enemigo por la izquierda, llegando 
hasta la población en que se guarecía, y el Coronel Giménez avanzaba 
por un extremo del centro arrollando y dispersando a la caballería 
enemiga. 

"Ellos se han escopeteado como una hora, nosotros no hemos 
encontrado resistencia alguna; en ninguna fuerza hemos tenido pérdidas; 
las caballadas, carros y cañones pasaron fácilmente. El enemigo debe 
haber sufrido mucho, y ha sido bastante estúpido para no comprender 
nuestros movimientos, pues según todos los partes, se ha quedado inmó- 
vil en su campo. 

"Son las siete y acabamos de llegar a Solís Chico, a medio día 
estaremos en Pando. 

"Nuestras pérdidas en todos estos días, entre muertos y heridos 
no alcanzan a 20 hombres; ignoramos las del enemigo, pero las repu- 
tamos mucho mayores. 

"El objeto ostensible de nuestra retirada es venir a buscar por vía 
de la Capital los elementos de guerra que no pudimos recibir por mar, 
a más de que el enemigo con sus escaramuzas pampas, hacía imposible 
la batalla”. 

Vale. 


SEGUNDA PARTE 

"Costa de Solís Chico, Dcbre. 23 de 1870 (6 de la mañana). 
"Excmo. Sr. Ministro de la Guerra, Coronel D. Trifón Ordóñez. 

"Sr. Ministro: 

"Después de haber durante dos días permanecido con nuestra línea 
tendida, sin que el enemigo se atreviera a llevarnos el ataque o acep- 
tase la batalla, fuera del sistema de escaramuzas pampas a que se presta 
la organización de su ejército, resolví aproximarme a la capital para 
recibir todos los elementos de guerra necesarios para una eficaz per- 
secución. 

"Entrada la noche marché sobre la línea enemiga arrollándola por 
todos lados y abriéndome paso sin haber perdido un solo hombre, ni 
extraviado una sola caballada. El enemigo ha sufrido mucha dispersión; 
debe haber tenido grandes pérdidas, a punto de que lo juzgo impotente 
para ponerse inmediatamente en marcha. 

"Dentro de breves momentos continúo con dirección a Pando. 

"Creo que con un pequeño refuerzo de la capital, el ejército puede 
ponerse en estado de perseguir al enemigo a pesar de los medios de 
movilidad que aún le quedan. 

"Dios guarde a V.E. muchos años. 

José G. Suárez". 

Así llegó el 25 de diciembre. Desde la tarde anterior ambos 
ejércitos se habían acercado y todo hacía prever que de un momento 
a otro, tendría lugar una batalla sangrienta y decisiva. 

Las noticias de los movimientos efectuados por las tropas en 
armas, a corta distancia de la capital, se propagaban rápidamente y 
tenían en zozobra a los amigos de uno y otro bando, cuya suerte 
se iba a resolver en el combate que parecía inevitable. 

Sería muy difícil dar cuenta exacta de la agitación que domi- 
naba los ánimos, ni del aspecto animado que presentaban las calles 
de Montevideo, llenas de gente que se comunicaban las últimas 
noticias llegadas, que las comentaban y hacían cálculos acerca de las 
probabilidades favorables para presagiar el triunfo de gubernistas o 
revolucionarios. 


215 


Al toque de diana, los dos ejércitos se aprestaron para la lucha. 

El General Suárez abandonó el campamento de la noche ante- 
rior, de la falda del Cerrito en la quinta del Sr. D. Emilio Berro, 
y a las 6 de la mañana se adelantó hacia los revolucionarios. 

El ejército de Aparicio, a la misma hora, se aproximaba a 
Toledo, llegando a la chacra de los señores Quilez. 

Las descubiertas revolucionarias compuestas de los tres escua- 
drones que la noche anterior habían hecho el servicio de avanzadas, 
mandadas respectivamente por los Coroneles Pintos Baes y Guillermo 
García y por el Comandante D. Gervasio Burgueño, empeñáronse 
desde la venida del día en fuertes guerrillas con las avanzadas y 
descubiertas de Suárez, que encontraron de este lado del arroyo de 
Toledo, sobre las caídas del Miguelete. 

Como a las 7 de mañana avistáronse de las líneas de guerrillas, 
que se habían mantenido firmes por ambas partes, los ejércitos que 
avanzaban. 

De los dos puntos enviaron protección a sus guerrillas, orde- 
nando Suárez a las suyas que trataran de avanzar y Aparicio a las 
de él que se sostuvieran en su sitio, mientras que el ejército revo- 
lucionario evolucionaba en el sentido de emprender la retirada, cuya 
orden fue cumplida al pie de la letra por sus guerrillas, no obstante 
su desproporción con las enemigas y el fuego horrible que éstas 
les hacían. 

Expliquemos por qué el General Aparicio avanzó hasta Toledo 
y por qué, inmediatamente de haber llegado a aquel punto, retro- 
cedía emprendiendo una retirada violenta. Se propuso de esa manera 
sacar al enemigo de las posiciones que ocupaba y llevarlo un poco 
más afuera, hasta las inmediaciones de San Ramón o el Tala, donde 
los campos son llanos y firmes, adecuados para que puedan manio- 
brar sin tropiezo las caballerías que constituían y compusieron 
siempre la principal fuerza de la revolución. 

Así, con enormes dificultades, se emprendió la contramarcha, 
entre estrechos callejones de alambrados en unos puntos y por entre 
campos de labranza en otros. Como era inevitable, se producía a 
cada momento la mayor confusión entre las caballerías, infantería, 
artillería y el parque, con su numerosa cantidad de carros, carretas 
y carruajes, que se empantanaban a cada paso, y obstruían el paso 
a las grandes masas de infantes y caballos que se atropellaban y 
confundían para poder continuar. 

En esa situación el ejército de Suárez seguía avanzando sin 
cesar, arrollando a su paso el débil obstáculo que ofrecían las gue- 
rrillas que venían batiéndose en retirada. 

A pesar de todo, tanto el General Aparicio como los otpjs jefes 
de la revolución, comprendían la necesidad de continuar el movi- 
miento de retroceso emprendido, pues aunque llegaban hasta las 
inmediaciones del Sauce, no mejoraba el terreno, compuesto de 
campos arados y de grandes sementeras. 

El General D. Lucas Moreno, según el testimonio de personas 
que están bien al corriente de aquellos sucesos, fue el único respon- 
sable de que se diera la batalla en aquellos pésimos campos; siendo 
injustos por consiguiente, y más que injustos gratuitos, los cargos 
que se le han hecho y se le hacen todavía al General Aparicio por 
aquel hecho desgraciado, que fue el primero de los desastres que 
desde ese día habían de sufrir los revolucionarios del 70. 

El General Moreno, creyendo seguramente que lo mismo allí 
que en cualquier parte triunfarían del enemigo, dado el entusiasmo 
del ejército y los triunfos que hasta ese día se habían obtenido, o 
creyendo quizás que Suárez no avanzaría del Sauce por creerse 
impotente para luchar con los revolucionarios en posiciones desven- 


tajosas para él, en fin, creyendo lo que creyera, el hecho fue que, 
aprovechando las distancias en que se encontraban unos Generales 
de los otros, que marchaban todos al frente de sus col umnas, u 
ordenándoselo así el General Medina, lo que no creemos, envió un 
chasque al General Aparicio diciéndole que aquel General y él 
opinaban que debía darse la batalla enseguida, pues se venían des- 
truyendo las caballadas y se exponían a que el enemigo no los 
siguiera más en aquella precipitada marcha. 

Lo único que se le puede acusar al General Aparicio, es haber 
cedido inmediatamente a aquella insinuación; pero esto tiene su 
explicación fácil, en el respeto que saben todos tenía aquel caudillo 
por la caracterizada opinión militar del General Medina. 

Serían las ocho, más bien más que menos, cuando los dos 
ejércitos encontrábanse ya con sus líneas tendidas, una al frente de 
la otra, y desplegaban fuertes guerrillas de caballería. 

Como a las 9 y casi simultáneamente, cambiaron los frentes de 
las líneas, tomando ambos combatientes las mejores posiciones y 
volvieron a desplegar numerosas guerrillas, dobles ahora, de caballe- 
ría e infantería; rompiendo al poco rato por las dos partes el fuego 
de cañón. 

Pero antes de seguir adelante, vamos a decir en el orden que 
estaban formadas las dos líneas de batalla en el acto de emprender 
el combate, y las posiciones que respectivamente ocupaban los ejér- 
citos antes y después de cambiar los frentes de sus líneas. 

El campo, a no haber mediado la circunstancia, como ya lo 
hemos dicho, de encontrarse arado y sembrado en su mayor parte, 
no hubiera sido del todo malo para operar con amplia libertad las 
caballerías nacionalistas pues a no ser por las ondulaciones natura- 
les del terreno, muy generales en la república, los campos del Sauce 
son extensos y libres en su totalidad de serranías y bosques, sin gran- 
des cañadas que puedan impedir en absoluto la marcha o carga re- 
gular de los caballos. 

Pero los inmensos trigales que allí existían, sembrados en terre- 
nos cultivados groseramente, llenos de terrones y matorrales, con 
zanjeados y cercos por todas partes, eran casi de todo punto, contra- 
rios a las caballerías, cuyos caballos se enterraban unas veces en la 
tierra suelta o tropezaban a cada paso en aquel terreno cultivado. 
Sólo los consumados jinetes de nuestro país podían maniobrar con 
algunas ventajas en aquellos parajes y llevar cargas a todo lo que 
daban sus corceles. La mejor caballería europea, estamos seguros no 
hubiera podido casi maniobrar y si conseguía hacerlo, lo habría 
hecho con grandes dificultades dando cuando más algunas cargas 
desorganizadas al trote o a un galope moderado. 

Esta circunstancia desfavorable para los revolucionarios era, por 
el contrario, favorabilísima para sus contrarios, cuya superioridad 
estaba en la infantería y artillería, las cuales podían maniobrar có- 
modamente en aquellos parajes, y contaba además con aquella des- 
ventaja en que aceptaban el combate las tropas de Aparicio. 

La verdadera posición de los dos ejércitos antes de cambiar el 
frente de sus líneas, era la siguiente: 

Inmediatamente antes de llegar al arroyo del Sauce, viniendo 
de Montevideo, hay dos alturas o cuchillas, formadas por las ondu- 
laciones naturales del terreno. Entre el arroyo y la primer cuchilla 
estaba el ejército revolucionario, y el de Suárez se había colocado 
enseguida de pasar la segunda altura. La distancia de uno a otro no 
bajaría de cuarenta cuadras. 

Al mover sus líneas para entrar al combate, tomaron esta otra 
posición: la extrema izquierda de ambos ejércitos hizo un movi- 
miento giratorio, en sentido inverso, hacia los costados, siguiendo 


aquellos la evolución hasta colocarse las dos de frente, viniendo a 
quedar el lado izquierdo anterior de Suárez y el derecho de Apa- 
ricio sobre las caídas del arroyo del Sauce y los lados opuestos, si- 
guiendo en línea recta, hacia la ciudad de Montevideo. 

Las líneas se hallaban dispuestas en este orden; difiriendo muy 
poca cosa de lo que ya parecía un sistema establecido desde las pri- 
meras batallas. 

Empecemos por la que ocupaba el ejército del gobierno, triun- 
fante en el hecho de armas que referimos, cuya línea se había ten- 
dido de esta manera, parapetada en el centro por unos zanjones. 

El centro, con la artillería al frente, lo componían los batallones 
"24 de Abril", "l 9 de G.G.N.N.”, "Urbano", ”1 9 de Cazadores”, "1er 
Plantel” y "San José”, estando la brigada de infantería bajo las ór- 
denes del coronel Pagóla, y el todo a las del General Suárez y el 
Coronel Reyes. Estas infanterías estaban formadas en cuatro cuadros. 

La derecha la componían la caballería de la vanguardia y los 
batallones "General Pacheco” y "Coronel Sosa”, formando estos dos 
un. cuadro rectángulo; y la mandaba el General Borges. 

La izquierda, bajo las órdenes del Coronel Coronado, estaba 
compuesta de su división y de los batallones "Urbano”, "Santa Ro- 
sa” y "GG.NJM.” del Salto, formando los tres batallones un solo 
triángulo. 

El Coronel Martínez ocupaba la extrema izquierda con la divi- 
sión "Tacuarembó”, y de protección de las infanterías, colocadas a 
retaguardia de los cuadros, o en los claros que estos dejaban, había 
varios escuadrones de caballería, y a retaguardia de todo estaba el 
parque y las caballadas. 

En la cuchilla por último tomando^ todo el frente de la línea, 
encontrábanse las guerrillas dobles de caballería e infantería, de que 
ya hemos hablado. 

Todas estas fuerzas ascendían a cinco mil y pico de hombres 
y 14 cañones, no pasando quizás de 2.000 la caballería; el resto 
eran todos infantes. 

Veamos ahora la línea de los nacionalistas compuesta también 
de cinco a seis mil hombres y 12 ó 14 cañones; pero entre los que 
apenas habría unos ochocientos o novecientos infantes. 

Debemos advertir antes de continuar, que el ejército revolu- 
cionario en el día de la batalla del Sauce, sin contar los heridos que 
conducía del sitio de Montevideo, ni los carreros y caballerizos, 
tenía en sus filas más de ocho mil' hombres; pero sucedió que al 
tender la línea, se desprendieron el parque y las caballadas por orden 
del General en jefe, para ir a colocarse a la retaguardia del ejército 
al otro lado del arroyo, y como a una legua de distancia, retirándose 
también infinidad de gente, quizás más de dos mil, siguiendo la 
marcha de aquéllas y continuando juntos hasta que terminó la batalla. 

El no haber utilizado esta gente desmontándola e improvisando 
infantes con ellos, lo que hubiera sido sumamente fácil pues había 
una gran cantidad de fusiles en el parque, es otro de los errores que 
cometió el General Aparicio ese día, pues es indudable que hubiera 
sido de gran importancia este contingente para neutralizar en algo 
siquiera, la gran masa de infantería que tenía su enemigo. 

La línea de Aparicio se extendió en este orden: 

La infantería y artillería en el centro; a la derecha las caballe- 
rías de los Generales Medina y Benítez, compuestas de las divisiones 
de Mercedes, San José, Colonia, Paysandú, Salto y Tacuarembó; a 
la izquierda las caballerías del General Aparicio, que las componían 
la escolta, el Estado Mayor comandado por el General Moreno, y 
las divisiones de Canelones, Florida y Durazno; y al flanco izquierdo 
las caballerías del General Muniz, compuestas de las divisiones de 



Cerro Largo, Minas y Maldonado. 

La artillería era mandada por el General Maza; los batalloncitos 
de infantería los mandaban respectivamente los Coroneles Arrúe, 
Amilivia, Guruchaga, Visillac, Estomba, Lallera, Martínez y otros, 
estando todos bajo las inmediatas órdenes del General Bastardea; y 
las divisiones de caballería eran mandadas por los Coroneles Muñoz, 
Pampillón, Cortés, Salvañach, Uturbey, Rada, Muniz, Mena, Men- 
doza, Urán, Puentes, Núñez y tantos otros. 

Mientras se cambiaban los frentes de las líneas, y aún después 
de haberse cambiado, el General Aparicio seguido de sus ayudantes 
y a todo galope, recorrió el ejército de un extremo a otro, dando 
órdenes a todos los jefes y proclamando a sus huestes, que le res- 
pondían entusiasmadas dando vivas estruendosos. 

Enseguida de haber recorrido la línea y en vista de que el 
enemigo no se movía de sus posiciones, determinó llevarle él el ata- 
que con su ejército. 

Eran las 11 de la mañana cuando se oyó a su clarín de órdenes 
que tocaba "Carga General”, y "Carga General" repitieron como un 
eco a derecha e izquierda, todos los clarines de los batallones de in- 
fantería y las divisiones de caballería. 

E inmediatamente dejáronse oír los entusiastas y armoniosos 
acordes del Himno Nacional por aquella banda de música que se 
pasara en el sitio de Montevideo, y se vio poner en marcha a toda 
la línea a banderas desplegadas. 

Al poco rato adelantáronse las caballerías de los costados y em- 
prendiendo la marcha al galope lleváronle al enemigo, que esperó 
firme el ataque, una impetuosa carga por los flancos derecho e iz- 
quierdo, y hasta por retaguardia. 

Arreció el fuego de cañón: las guerrillas gubernistas fueron 
completamente deshechas al empuje de las caballerías que atacaban, 
muriendo unos y dispersándose el resto; y las dos alas de la línea 
quedaron envueltas completamente y derrotadas, refugiándose parte 
de ellas en los tres cuadros dobles que enseguida formó el General 
Suárez con las infanterías, y huyendo la otra parte en distintas 
direcciones. 

Siguiendo la carga las caballerías, atacaron unas a los cuadros, 
otras tomaban el parque y las restantes seguían la persecución de los 
dispersos. Los infantes revolucionarios, mientras tanto, llegaban fren- 
te a los cuadros enemigos y se desplegaban en cazadores, y la arti- 
llería se colocaba en un sitio conveniente. 

El combate entonces se hizo general. Los fuegos de ambas partes 
eran horribles, espantosamente horribles. Pero los gubernistas fla- 
queaban; sus infanterías estaban algo desorganizadas; un batallón 
entero quiso entregarse, presentando sus armas vencidas; otro bata- 
llón retiróse del campo de batalla; se había quedado casi sin caba- 
llerías y sin el parque. En fin, todo inducía a creer que tendría que 
declararse en derrota momento más o menos tarde. 

Pero aquí empezaron a cometerse los errores a que nos hemos 
antes referido, los que, en nuestra opinión, dieron lugar tanto o más 
que el mismo hecho de haberse librado el combate en campos arados, 
a que perdiesen los revolucionarios la batalla del Sauce. 

Es verdad que durante la situación que dejamos descrita que 
duraría probablemente un par de horas, siempre en la misma inde- 
cisión, se llevaron bizarras cargas de caballería a los cuadros de in- 
fantería de Suárez, mientras los infantes peleaban con denuedo, 
batiéndose sus jefes a la par de los soldados, y la artillería manio- 
braba de una manera brillante; pero al mismo tiempo otra parte 
de las caballerías, inclusive el mismo Aparicio, había salido del 
campo de batalla persiguiendo los dispersos, habiéndose demorado 


más de lo necesario en esa persecución; pues hubo quienes llegaron 
hasta el circo de Maroñas y otros que se entretuvieron en batirse 
con una división de caballería que se guareció, en unos alambrados. 

Esta ausencia de parte de las fuerzas nacionalistas produjo un 
gran debilitamiento, y no obstante los esfuerzos de los que habían 
quedado en el campo de batalla, tenía al fin que animar al enemigo, 
haciéndole reaccionar, y darle como le dió el triunfo en aquella san- 
grienta pelea. 

En los combates, cualquier circunstancia por nimia e insignifi- 
cante que parezca, puede producir la derrota o el triunfo de un 
ejército, y esto fue lo que pasó en la batalla del Sauce: después de 
ser el triunfo de los revolucionarios, lo perdieron por haberse au- 
sentado del campo parte de las fuerzas y por la falta de dirección 
en los momentos más precisos. 

El General Suárez, como decimos, reaccionó y supo aprovechar 
con éxito las graves faltas cometidas por sus adversarios. 

Reanima a sus infanterías; organiza los pocos caballos que le 
habían quedado; recupera fácilmente el parque, el cual había sido 
tomado por el mismo General Aparicio y entregado para su custodia 
al Coronel García, quien mandó desuncir a los bueyes enseguida y 
hacer campamento; y por último, el batallón que se había querido 
entregar y al cual nadie le hiciera caso, replegóse a los cuadros vol- 
viendo también el otro batallón que se había ausentado antes del 
campo después de haberse batido breves instantes con el General 
Aparicio, que tuvo que abandonarlo porque recibió noticias de que 
el ejército del gobierno había reaccionado y que en esos momentos 
cargaban sus infantes a la bayoneta, a los infantes revolucionarios 
muy inferiores a aquéllos como se sabe, en número y en disciplina. 

Vuelto al campo de batalla el General Aparicio y penetrado 
de la gravedad de la situación, trató de hacer los mayores esfuerzos 
para recuperar el terreno perdido, no creyendo jamás que las cosas 
hubieran llegado a ese extremo. 

Alentó, pues, a sus compañeros, emprendiendo nuevas cargas 
con las caballerías, donde se peleó hasta a pie dentro de los cuadros; 
la infantería y la artillería, llegando hasta el heroísmo, se batieron 
desesperadamente a la bayoneta, uno contra tres; por todos lados se 
prodigaban el valor y los actos heroicos. Pero ya fue todo inútil; era 
tarde: se había desperdiciado el momento oportuno y las ventajas 
obtenidas al principiar la acción y todos los sacrificios, se estrellaban 
contra el muro de las bayonetas de los soldados gubernistas. 

En vista de la inutilidad de estos esfuerzos, prolongar más la 
batalla no hubiera dado otro resultado que mayor número de vícti- 
mas. Y para hacer aún más crítica la situación, es al fin derrotada 
por completo la infantería revolucionaria, después de haber quedado 
casi deshecha, y huyen las protecciones de caballería que habían 
estado sufriendo hasta ese momento el fuego, produciéndose además 
cierta confusión en el resto de las fuerzas. 

Inmediatamente el General Aparicio, y antes que se produjera 
el desbande completo del ejército, trató de retirarse abandonándole 
al enemigo el campo de batalla y así lo efectuó a eso de las 3 de la 
tarde en el mayor orden posible, siendo apenas perseguido como una 
legua, y eso mismo débilmente, pues se concretó la persecución a 
unas simples guerrillas que venían escopeteándose con la retaguardia; 
cesando ésta en momentos, que, con un día hermosísimo, descargó 
de pronto un aguacero inesperado. Qué desengaño más horrible! 
cuántas ilusiones perdidas ese día! Puede decirse que fue la primer 
derrota de la revolución y esto después de haber tenido casi por se- 
guro el triunfo pocos días antes cuando sitiaron a Montevideo y 
durante el mismo combate. 



Suárez se había quedado completamente sin caballerías; sus in- 
fantes, no obstante el triunfo, estaban fatigados y bastante desorga- 
nizados; sus pérdidas materiales habían sido mayores que las de los 
revolucionarios y, finalmente, sabemos que se le habían agotado 
casi por completo las municiones. En esta situación, si las caballerías 
de Aparicio lo empiezan a hostilizar, no hubieran tenido más reme- 
dio que retirarse, salvo que quisiera capitular o que pretendiese pelear 
con las caballerías sin otra arma que la bayoneta, lo que a más de 
ser un disparate, no habría hecho más que facilitar su derrota. 

En la batalla del Sauce el ejército del gobierno tomó una infi- 
nidad de prisioneros a los revolucionarios, inclusive muchísimos 
heridos que no se pudieron levantar del campo en la retirada pre- 
cipitada que éstos hicieron. De todos ellos, sólo se salvaron dos, D. 
Federico Castellanos, por empeños especial ísimos de D. Enrique Pe- 
reda, ayudante del General Suárez y el Comandante Silva, por inter- 
posición del Coronel Latorre: los demás todos fueron degollados o 
lanceados por orden de Suárez, después de haber mandado que se 
pasara una caballada por encima de los heridos y después de haberle 
manifestado al gobierno en su primer parte que tenía aquellos pri- 
sioneros en su poder. Debido a esta masacre sin ejemplo, y por ha- 
berse permitido hacerle algunas observaciones al General Suárez, fue 
que el ilustrado Dr. D. Carlos María Ramírez, Secretario de dicho 
General, se retiró a Montevideo y escribió La Bandera Radical, donde 
anatematizó aquellos crímenes y le puso al General Suárez el célebre 
apodo de Goyo Sangre. 

Contando estos asesinatos, pues, que no fueron pocos, deben 
haber muerto en la batalla del Sauce más de 700 hombres por ambas 
partes, siendo mayor el número de los muertos de la gente del go- 
bierno. Sin embargo, al día siguiente aparecían menos en el campo 
de batalla, debido a que el General Suárez les hacía poner a sus 
muertos, divisas blancas, llegando también su cinismo hasta ponerles 
divisas coloradas a los heridos y prisioneros degollados para que el 
público que visitaba el campo supusiera que lo habían sido por los 
revolucionarios. Heridos en los dos ejércitos, inclusive los degollados 
debe haber otro tanto, o quizás más que los muertos; pues además 
de haber quedado el campo cubierto de los heridos de la revolución 
y del gobierno, el inmenso parque revolucionario era pequeño para 
albergar a todos los que se pudieron llevar. 

Todos los demás incidentes acaecidos durante o después de la 
batalla, a excepción de los episodios que narramos en el capítulo 
Fragmentos, y dejando a la penetración del lector que salve las exa- 
geraciones en que incurren unos y otros en la apreciación de los 
sucesos, pueden leerse en los siguientes partes del General Suárez, 
cartas particulares y noticias de los diarios gubernistas, una reseña 
del periódico La Revolución y una carta del Sr. D. Eduardo Acevedo, 
todo lo que trascribimos para terminar este capítulo y a fin de ilus- 
trar estos acontecimientos como lo hemos hecho en toda la obra, 
y de probar nuestra imparcialidad. 


PARTE PRIMERO 


"El General en Jefe del ejército en campaña. 

"Capilla del Sauce, Diciembre 25 de 1870. 

"Exrno. Sr. Ministro de Guerra y Marina, Coronel D. Trifón Ordoñez. 

"Sr. Ministro: Tengo la cumplida satisfacción de comunicar a V.E. 
el triunfo por completo alcanzado sobre el enemigo en el día de hoy. 

"El enemigo, fuerte de 5000 y más hombres, fue obligado a ba- 
tirse en campo igual a las 11 y 1/2 de la mañana, y después de una 


obstinada lucha que duró 4 1/2 horas, se pronunció en completa de- 
rrota, dejando en poder de nuestros bravos soldados, 4 piezas de arti- 
llería, algunos prisioneros, la banda de música de uno de los cuerpos, 
parte de su parque, banderas y armamento, este último diseminado por 
espacio de 2 leguas en que fueron perseguidos, teniendo que hacer alto 
en este punto por la fatiga de los infantes. 

"Oportunamente pasaré a V. E. el parte detallado de esta brillante 
jornada, que asegura para el país el imperio de las instituciones de que 
ha sido y continuará siendo el celoso guardián el gran partido Colorado. 

"El ejército a mis órdenes, sin excepción alguna, ha cumplido bri- 
llante con su deber. 

“Con miles de felicitaciones que se servirá trasmitir al Excmo. 
Gobierno, reitero a V. E. las seguridades de mi aprecio. 

"Dios guarde a V. E. muchos años. 


José G. Suárez" 


PARTE SEGUNDO 

"El General en Jefe del Ejército Nacional en campaña. 

"Campo de batalla en la Capilla del Sauce, Diciembre 25 de 1870. 

"Al Excmo. Sr. Ministro de Guerra y Marina, Coronel D. Trifón Or- 

doñez. 

"Señor Ministro: Tengo el honor de elevar a V. E. el parte deta- 
llado de la batalla, la cual ha acabado con los devastadores de nuestra 
querida patria. 

"A las 6 de la mañana ordené marchase el ejército sobre el ene- 
migo, el que se avistó a pocos momentos, efectuando 'una retirada que 
tenía por objeto obtener úna posición favorable para sus caballerías. 

"Como a las 8 estaban frente a frente las líneas, con un intervalo 
de 35 cuadras; inmediatamente mandé desplegar fuertes guerrillas de 
caballería para repeler las que el enemigo nos había desplegado. 

"En esta actitud permanecí hasta las 9, hora en que mandé mar- 
chase el ejército en columnas paralelas, en dirección al costado derecho 
del enemigo, operación que tenía por objeto el tomar una posición 
ventajosa. 

"Inmediatamente después de cambiar el frente de nuestra línea, el 
enemigo efectuó también el cambio de la suya, desplegándonos guerri- 
llas dobles de infantería y caballería, ordenando se hiciese otro tanto 
por nuestra pane. 

"Acto continuo ordené rompiese el fuego la artillería, al que casi 
simultáneamente contestó el enemigo con varios disparos de la misma 
arma. 

"Nuestro centro se componía de los batallones «24 de Abril», 
«Urbano», «Artillería», «l 9 de Guardias Nacionales», «1er. Plantel», 
«l 9 de Cazadores» y «San José», estando la brigada de infantería bajo las 
órdenes del Coronel Pagóla y el todo bajo las órdenes del infrascripto 
y las del Jefe del Estado Mayor, Coronel D. José A. Reyes. 

"Componía la derecha de nuestra línea la caballería de la van- 
guardia y los batallones «General Pacheco» y «Coronel Sosa», bajo las 
órdenes del General D. Nicasio Borges. 

"La izquierda se componía de los batallones «Urbano» (del Co- 
mandante Fonda), «Santa Rosa» y «Guardias Nacionales» del Salto, bajo 
las órdenes del Coronel D. Hipólito Coronado. 

"El Coronel D. Simón Martínez ocupaba la extrema izquierda con 
la división «Tacuarembó». 

"El enemigo inmediatamente nos trajo el ataque sobre nuestra lí- 
nea cargando especialmente los costados izquierdo y derecho con gran- 
des masas de caballerías. 

"A consecuencia de lo rápido e impetuoso de estas cargas, nuestras 
caballerías tuvieron que replegarse detrás de nuestros batallones, los 
que acto continuo rompieron el fuego, doblando al enemigo, que se 
puso en retirada a trote y galope. 


"En el mismo instante el enemigo rompió un vivísimo fuego de 
infantería, continuando el de cañón. 

"Duró el fuego de ambas líneas por espacio de una hora hasta 
que ordené a los batallones «24 de Abril», «l 9 de Cazadores», «Urbano» 
y «1er. Plantel», cargasen a la bayoneta, yendo a su frente los Coro- 
neles Pagóla y Reyes, huyendo entonces el enemigo en tránsito de más 
de 30 cuadras siendo tomados 5 cañones y dispersando casi en su 
totalidad a la infantería, que tiraba en su tránsito sus fusiles y cananas. 

"Rehecha nuestra caballería ordené cargase a la del enemigo, apro- 
vechando la vuelta cara de éstos, a consecuencia de los vivos fuegos 
de fusilería y artillería. 

"Aquí empezó la derrota del enemigo. 

"La dispersión entonces fue general, ordenando que todo el ejér- 
cito persiguiera al enemigo, lo que verificó' por espacio de legua y 
media, siguiendo la persecución por un punto el General Borges y 
por otro el Coronel Coronado, cada uno con sus respectivas fuerzas, 
hasta una distancia de dos leguas y media. 

"En estos momentos me vino el parte de la toma de otro cañón 
por la escolta al mando del Comandante Courtin. 

"El resultado ha sido completo. 

"Tenemos sensibles pérdidas que lamentar. 

"La batalla terminó a las 3 de la tarde. 

"Nuestras pérdidas son de muertos, un jefe, 61 oficiales y 116 
individuos de tropa y heridos 8 jefes, 32 oficiales y 214 individuos de 
tropa. 

"El epemigo ha sufrido pérdidas enormes, pudiendo calcularse en 
800 entre muertos y heridos, encontrándose varios jefes superiores, entre 
ellos dos jefes de alta graduación. 

"Se le han tomado al enemigo 6 cañones, 7 carros de municiones, 
500 fusiles, 18 carretas, 3 carruajes, 3 banderas y una banda de música. 

"Este ha sido, Exmo. señor, el resultado brillante de la batalla 
del Sauce. 

"No hago a V. E. referencias especiales del comportamiento de los 
señores jefes y oficiales, por haber éstos rivalizado en bravura y decisión. 

"Felicito a V. E. por el triunfo completo obtenido sobre el ene- 
migo y tengo la convicción de que la batalla del Sauce cimentará la 
paz que debemos anhelar todos los buenos hijos de nuestra querida 
patria. 

"Dios guarde a V. E. muchos años. 


José G. Suárez", 


CARTA 

"Campo de batalla en el Sauce, Diciembre 25 de 1870. 

"Querido Tavolara: 

"Un fuerte abrazo de felicitación por la brillante victoria obte- 
nida hoy por nuestro ejército sobre el de los blancos, después de un 
reñido combate de 4 horas y media. 

"La batalla estuvo indecisa en los primeros momentos, pues el 
enemigo fuerte de 5000 hombres, nos trajo un violento ataque de 
caballería por los costados, flanqueándonos por derecha e izquierda y 
hasta por la retaguardia, logrando envolver nuestras alas. 

"La infantería blanca cargó al centro, pero nuestros batallones que 
se vieron obligados a formar cuadro por un corto tiempo, rompieron 
en batalla en una voz, y se lanzaron con violencia sobre la infantería 
enemiga, cargándola a la bayoneta y llevándola por delante en disper- 
sión completa. 

"Rehechas las caballerías la batalla se restableció con ventajas por 
nuestra parte y con bastante encarnizamiento por ambos lados, pues el 
enemigo nos disputó el campo por más de 4 horas, al cabo de las 
cuales se pronunció en completa derrota. 

"Los muertos del enemigo alcanzan a 500. 

"El campo está sembrado de cadáveres. 



"Una bandera, 4 cañones, más de 500 fusiles, y un gran número 
de carretas y carruajes son los trofeos de esta espléndida victoria. 

"Nuestras pérdidas alcanzaron a 200 hombres. 

"Todavía no se conocen los jefes y oficiales que hemos perdido, 
pero son pocos. 

"Heridos están los mayores Soto, Rodríguez, Clark y Guerra. 

"Hasta esta hora no conocemos otros. 

"Trasmita estas buenas noticias a los amigos, y felicitémosnos to- 
dos por tan fausto día. 

"Un abrazo de su amigo. 


Enrique 

"P. D. — Pagóla, Vázquez, Latorre, Fonda, Patiño, Courtin, 
Elis, Gomensoro, Pereda, Santos, Ramírez y todos los amigos salieron 
ilesos. 

"Todos se batieron como bravos y merecieron bien de la pa- 
tria. - Vale". 


BOLETIN DE "EL SIGLO” 

Gran victoria 

"Se reciben a cada momento nuevos detalles de la batalla del Sauce. 

"Desde la sierra acá, los blancos recibieron más de 1500 hom- 
bres de incorporación, venidos según se dice de los departamentos del 
Durazno, Mercedes, Colonia, Florida y Cerro Largo. 

"Así se explica que presentara el enemigo 5000 hombres y más, 
cuando en las jornadas de la Sierra no alcanzó a presentar 3500. 

"Con esa masa considerable de caballería, el enemigo ha podido 
seguir su misma táctica, tratando de flanquear y tomar por retaguardia 
a nuestro poderoso ejército. 

"Envueltas nuestras alas, la victoria estaba indecisa y más que in- 
decisa durante un par de horas. 

"Nuestros bagajes fueron dos veces tomados por el enemigo, y 
dos veces retomados por nuestras fuerzas. 

"En medio de esa confusión producida por las valientes cargas 
del enemigo, nuestra numerosa infantería formó un cuadro inexpug- 
nable, donde se rehicieron nuestras caballerías para decidir completa-' 
mente la victoria. 

"Fue entonces que nuestra infantería se lanzó a la bayoneta sobre 
el centro y ultimó a la infantería enemiga que resistió tenazmente. 

"La sangre ha corrido de una manera lamentable, aunque en lucha 
leal y como terrible necesidad de la defensa. 

"Rehecha nuestra caballería y victoriosa nuestra infantería, se pro- 
nunció la derrota en las filas enemigas, teniendo que abandonar sus 
cañones y bagajes, a la vez que ir tirando sus armas y sus divisas para 
escapar a la tenaz persecución que les hacían los nuestros. 

"La dispersión ha sido completa. 

"Muniz que cargó tres veces a nuestra infantería, sufriendo una 
inmensa mortandad en sus heroicas filas, salió del campo con su divi- 
sión deshecha y dispersa en todas direcciones. 

"La gente de Aparicio se retiró en la más absoluta desmoralización, 
desbandándose en grupos de 20 y 30 hombres. 

"Coronado que, según se nos afirma, fue aclamado General en el 
campo de batalla, iba encargado de continuar la persecución y de ul- 
timar a la rebelión vencida. 

"También nos aseguran que Vázquez y Latorre fueron aclamados 
Coroneles por nuestra gente entusiasmada. 

"La jornada ha sido sangrienta y al lamentar con verdadero dolor 
tanta desgracia como viene a cubrir de luto a las familias orientales, 
sólo nos resta hacer votos, porque estos sacrificios sirvan a restablecer 
inmediatamente el imperio de la paz y de las instituciones. 

"La reacción blanca no puede prolongar la guerra, sino haciendo 
montonera desastrosa para el país y desastrosa para ella misma. 

“Sepan nuestros enemigos acatar la ley de los sucesos militares y 





deponer las armas sin causar nuevas ruinas y mayores desastres a la 
patria. 

"Sepan nuestros hombres públicos y nuestros jefes de campaña 
observar una conducta generosa y magnánima que facilite ese desenlace 
anhelado hace mucho tiempo por el país entero. 

"Termine ya la guerra, y contraigámonos a cerrar las dolorosas 
heridas de la patria. 

"Viva el ejército de campaña! 

"Vivan las instituciones! 

"Viva la República!”. 


DE "LA TRIBUNA”, "EL SIGLO” Y "EL FERROCARRIL” 

Diciembre 26. 

"Un número considerable de coches y carretillas se ocupan en 
transportar heridos. 

"El Comandante Llanes fue el portador del parte oficial 

"Hoy partirá el Coquimbo para llevar al Litoral el parte de la 
batalla. 

"Refiérese que 100 infantes enemigos se parapetaron en la capilla 
de doña Ana, cuya posición fue tomada a la bayoneta por el 24 de 
Abril. 

"En la primera carga, el enemigo se apoderó de una parte de 
nuestros bagajes, la cual fue rescatada instantáneamente por el 1® de 
Cazadores que atacó a la bayoneta. 

"Los carretilleros abandonaron los vehículos, cortando los tiros y 
poniéndose en fuga. 

"El Ayudante Bardas del I 9 de Cazadores fue cortado pero logró 
escapar y se halla aquí sin novedad. 

"Fue tomado el carretón de Moreno, cuyo jefe, se dice, que huía 
en un armón”. 


Diciembre 27. 

' "Los Dres. Auluccine y Piquet han asistido a Julio Arrúe, que 
estaba herido en la cabeza. 

"El General Suárez ha movido su campamento, dos leguas y media 
más allá del Sauce. 

"El General Borges y el Coronel Coronado, marcharon en perse- 
cución de los blancos, con 1.500 hombres. Llevan rumbo a Santa Lucía 
afuera. 

"Ayer se tomó otro cañón al enemigo y doce carretas; todo oculto 
en un monte. 

"Entre nuestros heridos, contamos también a los Capitanes Beltrán 
y Guillot. 

"Cayó prisionero en poder del Comandante D. Simón Martínez, 
el joven Federico Castellanos. 

"La volanta del Dr. Bond está en poder de un jefe nuestro. 

"La batalla tuvo lugar en un campo arado y lleno de trigales, 
entre los cuales hay gran número de cadáveres. 

"Todas las versiones están contestes en que el enemigo presentó 
más de 5.000 hombres. 

"Murió el bravo Capitán Bacedo de nuestra caballería. 

"El Teniente del Urbano, D. León Vidart está levemente herido 
en un pie. 

"Dicen que Medina, que mandaba la derecha, recibió dos balazos. 

"El 24 de Abril tuvo 37 bajas, el 1 ? de Cazadores 35, y el 
Urbano 33. 

"La escolta del General Suárez ha sufrido mucho. 

"El enemigo presentó 1.000 infantes, los cuales fueron deshechos 
fácilmente a la bayoneta. 


“Ha peleado valientemente la infantería que tenía nuestro ejército 
antes de la incorporación. 

"La artillería enemiga estaba bien servida. La primera bala mató 
dos soldados del 24 de Abril. 

"Está herido el Ayudante del Coronel Reyes, D. Zacarías Maidana. 

"El batallón Urbano tuvo 4 oficiales heridos. 

"Miranda, con tres contusiones de bala. 

"Vidart con un balazo en un tobillo. 

"Dos agregados, con heridas de bastante gravedad. 

"El batallón enemigo de Arrue de 25 jefes y oficiales que tenía, 
han sido muertos o heridos 21, inclusive éL 

"Muniz cargó tres veces la infantería, sufriendo mucha mortandad 
en sus filas. 

"Varios jefes de los blancos que iban heridos en el parque tomaron 
participación en el combate. 

"Cuéntanse entre ellos Bastarrica, Egaña y Visillac. 

*Los carretilleros que de aquí habían seguido con nuestro ejér- 
cito, también han tenido que lamentar algunas desgracias. 

Dos de ellos fueron muertos en el entrevero que se produjo 
durante la lid, por tomar unos las carretillas y otros defenderlas. 

"Entendemos que hay además dos heridos. 

"Se dice que Angel Muniz lleva tres lanzazos. 

Ayer le fueron entregados al Coronel Llanes sus despachos. 

"Al Co m a n da n te Vázquez le fueron entregados por un soldado las 
precillas de un General arrancadas de un cadáver encontrado en el 
campo de batalla. 

"Don Carlos Susviela, que mandaba parte de la artillería de 
Aparicio, fue herido en la batalla del Sauce. El Comandante don Jacinto 
Llupez, también fue herido gravemente; este Llupez es aquel que dijimos 
la vez pasada tuvo un fuerte altercado con don Agustín de Vedia, 
cuando el ejército enemigo sitiaba esta ciudad, porque el primero pre- 
tendía ponerle el nombre de Oribe a su cantón y el último se oponía 
y se opuso decididamente. 

"Nuestro viejo amigo don Pedro Carve ha perdido un hijo de 
tres que tenía en servicio en la batalla de anteayer. 

"Parece que la escuadra toda se dirigirá al Uruguay. 

"El Coronel Ordóñez renunció ayer la cartera de Guerra. 

"El Jefe del Detall del enemigo, Antonio Rodríguez (ex -Jefe 
del batallón 4 ? de G.G. N.N. y procurador) ha sido reconocido ayer 
entre los cadáveres que se está dando sepultura en el campo de batalla. 

"Este ha sido ayer muy visitado por gente de la Capital”. 


CARTA DE ACEVEDO 

'Durazno, Diciembre 31 de 1870. 

"Queridos padres: 

"¡Cuántas quejas y reconvenciones nos habrán dirigido Uds. por 
no haberles escrito para sacarles de la ansiedad en que naturalmente 
han debido encontrarse! ¡Cuántos sucesos!, ¡cuántas fatigas y sinsa- 
bores!, ¡cuánta sangre y cuánto horror! 

"La batalla del Sauce no se describe en dos palabras; el clásico 
heroísmo de esta patria infortunada, patentizado a mi vista, grabado 
indeleblemente en ese archivo del tiempo que se llama memoria, me 
ha conmovido profundamente. 

"Estoy escribiendo con entusiasmo ese sublime canto de'las homé- 
ridas; estoy coleccionando todas las impresiones gratas o dolorosas que 
más de una vez he recogido en ese tránsito súbito y terrible de la 
Unión al Durazno, para hacer de su cómputo un cariñoso recuerdo del 
hijo pródigo que retorna con el pensamiento, con los ojos del a lma, 
al hogar de la familia querida. 

"¡Oh!, no olvidaré nunca esos campos funestos donde cayeron 
heroicos y grandes un millar de orientales. 


"No olvidaré los sitios donde mi vida pendió veinte veces de un 
hilo; donde el desventurado Antonio Rodríguez murió como bueno, 
donde el malogrado Alejandro Lenoble cayó expirante, donde tanta 
juventud sucumbió brillante de orgullo como un cuadro veterano, pro- 
clamando los principios eternos por los que siempre luchó generosa y 
abnegada; no olvidaré ni aquellos cuadros despedazados cinco veces 
por la lanza de un caudillo valiente, ni aquella carga a la bayoneta 
donde nuestras infanterías mostraron arrojo imponderable e impasibi- 
lidad sublime. . 

"A Antonio lo subí a la grupa de mi caballo cuando el enemigo 
quemaba nuestra valerosa retaguardia; traía tres balazos en el sombrero 
y uno en las bombachas, pero nada más. 

Su hijo que los ama". 


ARTICULO DE "LA REVOLUCION" 

La última batalla 

"La revolución oriental marcha a pasos agigantados hacia el coro- 
namiento de su obra grandiosa. Sus armas acaban de cubrirse de gloria 
a las puertas de la Capital, donde se ha librado una nueva batalla, cuyos 
resultados se manifestarán en breve. 

"La lucha ha sido sangrienta. La victoria no ha sido completa. 
Hemos aniquilado al enemigo, pero hemos tenido que abandonar el 
campo. El triunfo sin embargo, puede figurar en la serie de las glo- 
riosas jornadas de la revolución. 

"Tratemos de dar una ligera idea de la acción. 

"El enemigo había extendido su línea de batalla parapetado detrás 
de zanjas y cercos en tierras aradas y pobladas, donde podían jugar con 
ventaja su infantería, superior en número pero no en valor a la nuestra. 

"El ejército Nacional había extendido su línea enfrente de él y 
esperaba el ataque. Pero esperaba inútilmente. El enemigo que había 
huido dos días antes, a favor de la noche, de las sierras de Minas, donde 
se había atrincherado, debía mostrar una vez más su impotencia y su 
cobardía, manteniéndose a la defensiva, amparado en las últimas posi- 
ciones que podría sostener con alguna ventaja. 

"Nuestro ejército estaba impaciente por entrar en acción, impa- 
ciente por terminar gloriosamente la obra de la libertad y de redención 
que injustamente tiene que abonarse con sangre de hermanos, arrastra- 
dos al sacrificio por los sayones de la tiranía. El entusiasmo hacía latir 
todos los corazones, y se manifestaba en estruendosas aclamaciones. 

"El General en Jefe, respondiendo a ese sentimiento enérgico del 
pueblo en armas, quiso probar una vez más que no hay valla que deten- 
ga a nuestros retemplados soldados en el espiritóle la libertad. A pesar 
de todas las ventajas de la posición ocupada por nuestros enemigos 
resolvió llevarles el ataque, y se lanzó a la carga, el primero en el 
peligro como de costumbre. 

"Esta vez como en Severino, como en Corralito, como en la Unión, 
el ejército nacional ha dado un elocuente testimonio de su entusiasmo 
y su valor. 

"Nuestras divisiones de caballería han acreditado una vez más su 
irresistible empuje, sus cargas rápidas, poderosas, han arrollado a los 
batallones enemigos, rompiendo sus cuadros a lanza y llevando la 
desmoralización y el espanto a sus filas raleadas ya por los certeros 
tiros de nuestra infantería y artillería. 

"Nuestros batallones de infantería, al mando de distinguidos jefes, 
han hecho esfuerzos singulares de valor. 

"La artillería segundó vigorosamente el ataque, haciendo disparos 
tan continuados como certeros sobre las filas enemigas. 

"El triunfo alcanzado en la jornada del 25, no ha sido completo 
sin embargo, repetimos. El enemigo amparado en posiciones ventajosas, 
con el grueso de su infantería, pudo quedar dueño del campo, porque 
nuestra caballería se distrajo en la persecución de los enemigos fugi- 
tivos que se dispersaron en todas direcciones y algunos de los cuales 



llegaron hasta Montevideo, esparciendo a su paso el pavor de la derrota 
entre los suyos. 

"La infantería enemiga que se vio obligada a formar cuadros 
varias veces, quedó diezmada. Su caballería, compuesta de 800 a 1.000 
hombres, fue batida y deshecha, no quedando en el campo más de 
50 hombres de esa arma. 

"El enemigo ha tenido más de 500 hombres fuera de combate. 
Nuestras bajas no alcanzan a 200 hombres. 

"Tenemos que lamentar algunas pérdidas dolorosas. 

"El Coronel D. Antonio Rodríguez, los Tenientes Coroneles D. Isi- 
doro Guzmán y D. Isidoro Pérez, han caído al pie de su bandera, 
cumpliendo noblemente con su deber. Algunos oficiales de mérito, 
Moreno, Anavitarte, Morosini, Golfarini, Luján, han caído como va- 
lientes legando un digno ejemplo a sus compañeros de causa. La his- 
toria de la República recogerá sus nombres para inscribirlos en las 
páginas destinadas a conmemorar los sublimes sacrificios. 

"Jefes, oficiales y soldados, todos han cumplido su deber. Pero 
injustos seríamos si no designáramos particularmente al General Muniz, 
que supo elevarse a la altura del heroísmo en la jornada del 25. A su 
lado en los momentos de mayor peligro, vio agruparse a jefes presti- 
giosos y valientes que lo secundaron poderosamente. 

"El Brigadier General don Anacleto Medina parecía rejuvenecido 
en el combate. Su admirable espíritu, su serenidad y entereza se comu- 
nicaba a sus soldados. 

"El general D. Inocencio Benítez, se mostró como siempre en el 
combate, intrépido y sereno. 

"El General Egaña, herido en la jornada del 29 de Noviembre, 
en la Unión, apenas restablecido, montó a caballo el 25 y fue uno de 
los primeros en el ataque. Herido otra vez, pero levemente, de un 
lanzazo, fue respetado por las balas que atravesaron su poncho. 

"El General don Lesmes Bastardea, herido también en la Unión, 
no faltó a la cita de honor, y fue el mismo hombre de todas las batallas 
anteriores en que su nombre ha conquistado una merecida celebridad. 

"Jefes, oficiales y soldados, todos han cumplido con su deber. 
Muchos nombres se escaparían a nuestra pluma y quisiéramos inscri- 
birlos en esta página que será leída con avidez en toda la República y 
tendrá a no dudarlo una inmensa circulación. Pero ¿cómo designar 
unos cuantos hombres en un ejército de valientes, dejando en el olvido 
a los demás? ¿Y cómo hallar espacio para nombrarlos a todos? 

"La batalla del 25, llena de episodios heroicos, es digna de la 
pluma del historiador, elevada sobre las pasiones que exaltan el ánimo 
de los combatientes. Perdonen nuestros amigos que no registremos sus 
nombres; temeríamos ser injustos, acaso tachados de parciales, y prefe- 
rimos discernir a todos la gloria común de esa jornada heroica. 

"La revolución dgmina hoy todo el territorio de la República y 
hará sentir en él su acción enérgica y reparadora. Nuestros enemigos, 
reducidos al arma de infantería, impotentes para la acción fuera de 
la Capital no tardarán en sentir el poder de nuestros elementos. 

"El día de la victoria definitiva no se hará esperar. 

"La patria exige nuevos sacrificios. Ningún patriota faltará en 
esa liga suprema del deber y de la gloria. 

"En tanto que llegue ese día, exclamemos con toda la expansión 
del patriotismo: 

"¡Viva la República! 

"¡Viva el Ejército Nacional! 

"¡Viva el General en Jefe!”. 


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Las "lanzas" del último gran levantamiento 
gaucho encontraron a los primeros "fusiles 
remington" y fueron sometidas. La historia de esa 
revolución fue contada por el dramaturgo Abdón 
Arózteguy que la vivió como uno de sus heroicos 
actores y que aquí narra la batalla del Sauce, con 
pasión y con divisa. 


ENCICLOPEDIA 

Copyright Editorial ARCA S. R. L., Colonia 1263, Montevideo. 
Impreso en Uruguay en Impresora Uruguaya Colombino S. A., 
Juncal 1511, Montevideo. Diseño, Artegraf. Edición amparada 
en el Art. 79 de la ley N9 13.349. (Comisión del Papel). 
Octubre de 1968. 

URUGUAYA